¿Se puede amar a dos personas a la vez?

Publicado en Maneras de vivir el febrero 26, 2012 por nochesdesexofon

Bebe un Casablanca vodka con dos cubitos de hielo. El pianista toca una canción de desamor y un hombrecillo de aspecto oriental ofrece rosas a los clientes. Isabel baja la mirada y observa el interior del vaso. “Tenían que ser dos cubitos de hielo… maldita sea”, se dice a si misma con sorna. “Dos, dos, dos”, piensa mientras golpea ligeramente la barra con sus uñas de nácar. Dos, como también son dos los hombres que ahora aturden a su corazón. “¿Qué debo hacer? ¿Con cuál de los dos debo estar?”, se pregunta con una mueca de fastidio. Apura su copa y aparta el vaso con un movimiento brusco. “Un Ruso negro, por favor -pide al camarero-, pero ésta vez con un sólo hielo”.

Isabel ha estado con Luis desde hace cuatro años. Le amó como nunca había amado antes, o al menos eso pensaba hasta hace unas semanas, cuando sucedió algo que ha hecho tambalear la estructura de su vida: tuvo un idilio con un viejo amigo, algo que jamás debería de haber sucedido… Pero lo peor no es eso, lo peor es que se ha enamorado de él… O eso cree sentir. Ahora no sabe qué hacer. Siente el deseo de abandonar definitivamente a Luis, pero al mismo tiempo presiente que hacerlo significará cometer un trágico error.

“Sin duda tu relación con Luis fallaba en algún punto, carecía de algo que es precisamente lo que ha precipitado los acontecimientos”, le asegura su mejor amiga. Isabel piensa en sus palabras mientras enciende un cigarrillo. Forma el rostro de Luis con el humo y le observa detenidamente. Recuerda como lo conoció, como se enamoró de él con la naturalidad de una colegiala. Los momentos felices juntos pasan frente a ella como un tren de mercancías. Sí, claro que le quiere, pero desde que le traicionó es incapaz de mirarle a los ojos y de decirle cuánto le ama.

“Nunca debería haber sucedido”, se recrimina una y otra vez. “Pasé demasiado tiempo con él”, lamenta. Isabel se refiere a Mauricio,hasta ahora un simple amigo que, sin embargo, ha irrumpido en su vida tan inesperadamente como una tormenta de verano.

Ella tuvo que pasar unos días en su ciudad, donde precisamente sólo conoce a Mauricio. Se alojó en su casa durante cinco días. Luego vinieron las fiestas, el alcohol, las confesiones y los anhelos. “Le conté demasiado sobre mis propios problemas”, se culpa Isabel.

¿Qué sucedió? Es tan complejo como fácil de explicar. Sumemos circunstancias: Isabel y Luis están separados durante unos días. Una pequeña crisis entre ambos, algo normal en cualquier pareja, precede esa separación. Una discusión telefónica inoportuna. Varias noches a solas con Mauricio. Ella le confiesa que Luis tiene a veces una visión del mundo alejada a lo que ella realmente anhela, aunque jamás lo han hablado. Isabel y Mauricio comparten varias botellas de vino. Isabel le revela que desearía tener un hijo, pero jamás se lo ha propuesto a Luis porque está segura de que éste no querrá. De hecho, Isabel le confiesa cuánto querría tener un hijo y asentar su vida, aunque Luis parece poco interesado en esa posibilidad. Luis nada sabe de esto. 

La propia Isabel duda de cómo continuar este relato. Esa noche en la que bebieron vino a solas, Isabel acababa de discutir con Luis. Confesó a Mauricio su deseo de ser un día madre, algo que nunca antes había revelado a nadie, ni siquiera a su propio novio. Mauricio escuchaba y jugaba sus cartas. Realmente siempre la deseo, del mismo modo avaricioso con que un jugador desea ganar toda timba de póker. “Isabel, calla y escúchame -le dijo mirándola a los ojos-. Yo sí desearía tener un hijo contigo”.
A veces una simple frase puede reventar nuestros sentimientos como una carga explosiva. Eso fue lo que le sucedió a Isabel cuando escuchó las palabras de Mauricio. Sus entrañas se agitaron y un calor repentino la invadió desde lo más profundo de su estómago. Esa noche durmieron juntos, y ella se dejó penetrar por él, mientras un sentimiento de culpa, placer y extraña familiaridad la devoraban

Esa misma noche Isabel susurró un “te quiero” dirigido a Mauricio. Un “te quiero” especial, dirigido al hombre al que en aquellos instantes turbios consideraba como el futuro padre de sus hijos. Al mismo tiempo, el recuerdo de su amado Luis se contaminaba del veneno de Mauricio.

Desde esa misma noche se mostró huidiza con Luis. No volvió a casa con él, sino que se refugió en el apartamento de sus padres. Durante varias semanas apenas si le respondió al teléfono y no le permitió visitarla. Inicialmente tampoco se encontró con Mauricio, sino que decidió mantenerse alejada por un periodo para evitar los reproches de sus padres y madurar sus sentimientos. Sin embargo con Mauricio si mantuvo contacto, un intenso contacto a través de Internet y de conversaciones telefónicas ardientes, en las que ella le confesaba inflamada su deseo de ser la madre de sus hijos.

Semanas después Isabel está hecha un lío. La pasión por Mauricio se ha apagado después de numerosos encuentros, aunque reconoce que le quiere. Al mismo tiempo extraña y sigue amando a Luis, siente haber perdido al que aún considera como un novio ideal y la persona más cercana de su vida. Piensa en sus dos hombres mientras bebe un trago de su Ruso negro. “Ojala nunca hubiese tenido que dormir en casa de Mauricio. Ojala nunca hubiésemos intimado tanto. Ojala no me hubiese enamorado de él. Ojala todo fuese como antes de ese error. Ojala no amase a dos hombres al mismo tiempo”.

Pensaba en el caso de Isabel mientras escuchaba esta canción, muy apropiada para este relato. Pensaba y me preguntaba: ¿se pueden amar a dos personas a la vez? ¿Confundimos a veces amor con un simple “calentón”? ¿Y si el amor es un sentimiento que antes o después se acaba y que necesita renovarse constantemente con nuevas personas?

¿Confesar la infidelidad?

Publicado en Maneras de vivir el febrero 12, 2012 por nochesdesexofon

Me resulta imposible imaginarlo en el retrete de la oficina, con la cabeza hundida entre sus piernas mientras ella ahoga los gemidos para no delatarse. Jamás lo habría pensado de un tipo tan domesticado como él.

Me llamó esta misma mañana con angustia de pecador y culpabilidad infantil. Me relató su breve aventura… “¿Qué hago?”, preguntó esperando cierta dosis de condescendencia por mi parte. “¿Se lo debo confesar?”, añadió suplicante.

Esa persona a la que se refiere mi amigo y que quizá debería conocer los detalles de esta historia es su novia. Una chica encantadora que le quiere con locura, pero que esconde un siniestro inconveniente: ha perdido el interés por el sexo y desde más de medio año evita mantener relaciones. Ni siquiera una simple chupadita. Nada. “No responde a ningún estímulo, dice que me ama pero que ha perdido las ganas por el sexo”, me explicó el desdichado, que arrastra el peso de su amor con la resignación de un arriero.

Sí, forman una pareja dulce, agradable, comparable a dos figuritas de caramelo, dos hermanitos nórdicos de cabello casi transparente o dos compañeros del coro parroquial. Más de medio año sin sexo presagiaba el naufragio, aunque me ha sorprendido cómo mi amigo se ha desinhibido y ha acabado desahogando decenas de noches en vela con la voracidad de un condenado a muerte.

Sucedió este fin de semana, en una fiesta de trabajo en su oficina. Obviemos a qué se dedica. Lo importante ahora es que esa compañera de trabajo, recién llegada, venía coqueteando con él desde hace días. Él lo sabía, pero mantenía con ella el mismo cortafuegos de frialdad que crea con cualquier mujer que se le aproxima. Precisamente por eso me sorprende esta historia, porque no se trata de un tipo ardiente sino de un auténtico desbravado que parece haberse resignado a una vida de abstinencia sexual.

Pero volvamos a la fiesta. Ambos beben y se intercambian miradas. Beben más. Continúan bebiendo. Ella le sugiere ir a meterse un tiro de coca. A él siempre le gustaron las rayas que llegan por invitación. No es extraño que él entre al baño a empolvarse la nariz con una chica y que ambos salgan a los pocos minutos sin que nada más haya sucedido. Sin embargo esta vez fue diferente.

“Me calenté, sentí que explotaba y, de repente, la subí sobre el lavabo, bajé sus leggins negros, le quité las bragas, levanté su falda y…”… Y comenzó a devorar su flor con la meticulosidad de una abeja. La lamió con el hambre acumulada durante meses de hastío, empapó su cara con el almíbar de la joven empleada, la disfrutó con el ansia de un niño en el día de Reyes.

Luego fue ella la que se arrodilló y le chupó elevándole a las alturas del placer. “La veía abajo de mí y pensaba en mi novia… me preguntaba por qué ella no me puede dar esto”, me explicaba hoy en nuestra conversación telefónica. “Sí, disfruté mucho con ella”, confiesa.

Mi amigo es un buen muchacho, y ni siquiera fue capaz de descargar en su boca toda la energía acumulada. Instantes antes apartó su boca y dejó que el semen impactase violento contra los azulejos azules del baño de la oficina. “¿Y tu novia?”, dijo ella. “No te preocupes, ese es mi asunto”, respondió él.

Minutos después volvieron a unirse a la fiesta. Ella le propuso ir a su apartamento, pero el rechazó la oferta y volvió a casa. Su novia no estaba, había salido con unas amigas.

“La quiero, es tan buena… Pero sé que esto no va a ningún sitio porque parece que yo no le atraigo, no se excita, no quiere que hagamos el amor”, lamenta mi amigo. Ella también sufre esa falta de deseo, y se pregunta atormentada cómo recuperar las ganas de disfrutarle entre sus piernas. Pobres ambos.

Y ahora mi amigo se siente culpable. Siente que el naufragio es inminente. No sabe si confesar su affair en el excusado. No sabe si decir la verdad o callar. Yo tampoco sé qué responderle. ¿Es mejor confesar una infidelidad o callarla? ¿Es lícito ser infiel cuando nuestra pareja no nos da lo que necesitamos? ¿Se puede estar sin alguien sin sexo? Dios, es todo tan confuso…

¿Desesperad@s por tener una relación?

Publicado en Maneras de vivir el diciembre 11, 2011 por nochesdesexofon

No recuerdo su nombre, así que utilicemos un nombre cualquiera… Isabel, por ejemplo. Isabel… Hago memoria… Empleada de banca, 29 ó 30 años, estatura media, ojos azules, cabello lacio y rubio, corte geométrico con los mechones delanteros un poco más largos que el resto… Vestido negro de H&M, unos 160 cm, más bien delgada y con unos pechos que se sugieren bonitos mientras baila. Ella es Isabel, la chica que se orinó en mi ascensor.

Eso sí que no podré olvidarlo nunca. Subidos en el ascensor, algo borrachos, manteniendo una conversación trivial sobre la crisis mundial, la típica conversación que evita que ella se pregunte qué carajo está haciendo a punto de entrar en el apartamento de un desconocido. Y, de repente, oigo como un hilillo de agua golpea contra el suelo. Estamos aún en la planta cuarta, siete por debajo de la mía. Me giro atraído por ese sonido inusual en un ascensor. Isabel tiene sus rodillas juntas y está ligeramente inclinada hacia delante, con las manos ocultando su vientre. Algo que parece orina se desliza a través de sus calcetas de invierno. Bajo ella se forma un charquito…”¿Te estás meando en mi ascensor?”, pregunto con desconcierto. “Sí”, responde ella. “Estaba tan enfrascada en la conversación que olvidé que necesitaba ir al baño”, añade.

¿Cómo llegó este personaje hasta mi ascensor? Apenas la había conocido tres horas antes en un bar del centro de la gran ciudad, uno de esos lugares poblados por oficinistas y ejecutivos de bajo perfil. Tomaba una copa con unas chicas, lo cual no impedía que intercambiase miradas intermitentes con Isabel y sus dos amigas. A veces salir acompañado de chicas hace mucho más fácil ligar, eso es cierto. Las circunstancias provocaron que acabásemos compartiendo la única mesa libre y, bueno, la verdad es que pasamos un rato agradable. Reconozco que no me esforcé mucho, y como era el único hombre de la mesa dejé que las muchachas conversasen sin preocuparme demasiado por parecer interesante.

Llegó la hora de despedirnos. Casualmente Isabel y yo teníamos la misma ruta de vuelta, así que decidimos caminar juntos. ¿Qué puedo decir? Cuando estábamos cerca de mi apartamento le propuse tomar una copa de vino antes de despedirnos. “No sé”, respondió ella dubitativa. La agarré del brazo y la conduje con decisión hacia mi edificio. Si hay algo que he aprendido es que cuando una mujer dice “no sé” quiere decir “sí”, un gran “sí”. Saqué entonces el tema de la crisis mundial para relajarla, y durante el resto del camino tuve que soportar el sopor de sus opiniones sobre los problemas económicos de la banca. A veces me pregunto si merece la pena.

El tema debió de ser tan interesante que la pobre criatura olvidó sus necesidades fisiológicas básicas y acabó orinando en mi ascensor. “Debes sentirte orgulloso, eres tan fascinante que incluso me olvidé de mi misma”, me diría después con patetismo. Pero antes, ¿qué hacer con una mujer que se orina en tu ascensor? La llevé a mi apartamento y le ofrecí la ducha. La muchacha se duchó y lavó sus calcetas en mi lavabo. Salió cubierta con una toalla, con expresión de desvalida, disculpándose. No parecía demasiado borracha, la verdad, así que decidí seguir con el guión establecido. Puse un poquito de Portishead y le ofrecí una copa de vino blanco italiano. “Bebe y olvidemos el desagradable incidente del ascensor”, propuse en un intento de expulsar de mi mente la imagen antierótica de Isabel empapada en orina.

Fácil suponer que cinco minutos después besaba su cuello, lo cual me resultó curiosamente agradable porque, al ducharse, Isabel había utilizado el jabón que solía usar mi antigua novia, lo cual le daba un olor familiar. La toalla fue deslizándose, sus preciosos pechos tenía también un sabor familiar, así que los lamí buscando recuerdos perdidos. Puse su mano en mi entrepierna, apretándola contra el bulto endurecido. No hizo falta mucho tiempo para que Isabel desabrochase los botones de mi pantalón y sacase mi cosa, moviéndola con buen ritmo aunque con excesiva fuerza. No me gusta que me agiten mi cosa como la vida les fuese en ello… “Chssss, más suave”, le pedí mientras deslizaba mis manos por debajo de la toalla, más allá de su vientre, hasta llegar a un terreno húmedo en el que descubrí con horror que Isabel tenía el pubis cubierto de una tupida melena. Eso es algo que odio, no puedo soportar que una mujer tenga demasiado vello entre las piernas. Lo siento, pero es algo que me produce repugnancia. ¿Cómo puede una mujer no depilarse o al menos retocarse el velló púbico?. “Isabel, me encantas pero no quiero ir más allá, quiero respetarte y empezar con calma”, me excusé retirando mi mano y, al mismo tiempo, empujando su cabeza ligeramente hacia mi cosa. Luego me eché atrás en el sillón y pensé en cosas agradables, mientras Isabel me chupaba concienzudamente. Generalmente mostrarse sensible y decir que no pretendes propasarte suele funcionar.

La acompañé al ascensor asegurándole que me había encantado conocerla. “¿Apuntas mi número de teléfono?”, pidió ella. “Sí, sí, ahora lo hago”, respondí evasivo. “Me siento mal por haberme orinado en tu ascensor, pero aún así me gustaría volver a verte”, aseguró con voz de huérfana. “¿Volverías a quedar tú con un chico que hiciese algo así?”, pregunté yo. “Sí, no veo que sea nada tan raro eso de mearse en un ascensor”, contestó Isabel. “¿Te gustaría que me mease en tu cara? Ya sabes, la lluvia dorada…”, se me ocurrió preguntar. A veces tengo esas ocurrencias desafortunadas. “No, eso no me gusta”, espetó ella.

La dejé en el ascensor. No quise entrar porque el charquito de pis seguía ahí, recordándome las cosas que un hombre tiene que soportar para alimentarse. “Adiós, Isabel”, dije cerrando la puerta. Ni apunte su número ni se me habría ocurrido llamarla, fundamentalmente por su incontinencia urinaria pero también por el matojo de pelos de su pubis. Ella insistió mientras se cerraba la puerta… “¡¡¡Olvidas escribir mi número de teléfono!!!”

Y todo esto me hace pensar en esas personas que se humillan o a las que humillan y, sin embargo, siguen interesadas, comportándose como si nada. ¿Cómo puede una persona pretender engatusar a alguien después de orinarse en su ascensor? ¿Dónde está el amor propio? ¿Existe tanta desesperación? ¿Estamos tan desesperados por comenzar una relación que olvidamos actuar con dignidad?

¿Merece la pena romper una pareja?

Publicado en Maneras de vivir el noviembre 21, 2011 por nochesdesexofon

Luis y Ana se amaban con limpieza hasta que una noche de abril Mar irrumpió en sus vidas, trayendo con ella una brisa tóxica capaz de confundir corazones y contaminar sueños. Ese día comenzó una guerra fría que no terminaría hasta que el amor de Luis y Ana se echó a perder como la fruta madura en agosto.

Fue en la fiesta de algún conocido donde Luis y Mar se conocieron. Quizá alguien los presentó o, simplemente, comenzaron a conversar mientras fumaban un cigarrillo. Lo que sí es seguro es que Mar se sintió atraída por Luis de inmediato. Le atrajo su expresión fina y delicada, aunque también decidida y fuerte, su rostro alargado y sus ojos expresivos, que se convertían en dos breves líneas cuando reía, dándole un cierto aire oriental. Le sedujo su discurso irónico sobre la vida y su visión sarcástica sobre el resto de invitados de la fiesta. Marta supo entonces que deseaba rabiosamente a ese hombre.

Luis percibió ese interés, aunque no le ofreció mayor importancia. Observaba con curiosidad a Mar. Bastante delgada y algo más baja que él, parecía tener dos tetas como dos limoncicos y un culo que apenas destacaba debajo de su vestido rojo. Sin embargo ofrecía un rostro bello y una manera desenvuelta de comportarse que captaba la atención de los hombres y provocaba la inquietud de las mujeres. Sus muñecas eran finas, como si fuesen de cristal, y su espalda descubierta mostraba una constitución elegante.

“Tengo novia, nos vamos a casar en unos meses”, dejó caer Luis en algún momento, sin prestar más atención a esa muchacha atrevida, que fumaba desprendiendo un ego arrollador. “Me la tienes que presentar, me gustaría conocerla”, respondió ella, consciente de que la mejor forma de conquistar a un hombre ocupado es cartografiando a su enemiga para conocer sus puntos débiles.

Esa simple conversación y el efecto diabólico de las redes sociales hicieron el resto. Mar, Ana y Luis se encontraron en varias ocasiones, incluso puede decirse que Mar se convirtió en amiga de Ana. Fue así como descubrió las imperfecciones que se escondían detrás de una pareja que, a ojos de la mayoría, era perfecta. Ana reconocía que Luis era mucho más divertido que ella, y a veces discutían por el hecho de que ella prefería quedarse en casa o planear una noche tranquila, mientras que él proponía ir de parranda hasta el amanecer. “Nos llevamos fenomenal, pero en ocasiones nos disgustamos por eso”, lamentaba Ana, quien jamás abandonaba la sonrisa y poseía la capacidad de calentar los corazones de quienes la rodeaban, provocando a su alrededor una inexplicable sensación de felicidad. Tenía una boca jugosa, con labios gruesos y brillantes, y unos ojos expresivos de un verde intenso. El cabello lacio y largo le caía más allá de los hombros, hasta llegar a sus pechos generosos, que se levantaban al cielo como los pitones de toro bravo.

Mar no se dejó impresionar por la capacidad de Ana de calentar corazones, del mismo modo que tampoco abandonó su objetivo de destrucción. Comenzó a proponer a la pareja parrandas irresistibles en las que sutilmente dejaba en evidencia la desubicación de Ana, quien solía acabar agotada mientras Mar aprovechaba para bailar con Luis. “No te importa, ¿verdad Ana?”, preguntaba Mar. “Claro que no”, respondía Ana, quien de verdad nunca vio una amenaza en Mar, cegada por su confianza de enamorada en Luis. “Ana es muy tranquila, ¿no?”, susurraba Mar a Luis mientras bailaban. “A mí me encanta salir y bailar, ¿y a ti, Luis?”, añadía con atrevimiento.

Más adelante descubrió que Ana se negaba a usar la ropa que Luis le proponía, ya que su elegancia discreta le impedía vestir prendas demasiado atrevidas. Mar no desperdició la oportunidad, y pronto compró precisamente las blusas de colores vivos y  esas faldas vertiginosas que Ana rehusaba usar. Mar se mostraba coqueta frente a Luis y le preguntaba con aire tímido que qué le parecía su nuevo estilo. Ana jamás fue consciente de la maniobra envolvente que se acechaba sobre ella, a pesar de que poco a poco Mar fue prescindiendo de su compañía y pasó a contactar directamente con Luis.

Lamentablemente Ana facilitó lo inevitable aquella noche en que decidió quedarse en casa. “Sal tú, Luis, queda con Mar”, dijo. Luis obedeció sin demasiada resistencia y así fue como se encontró frente a Mar, bebiendo mojitos y bailando música caribeña. Y así también fue como se dejó arrastrar hasta la casa de Marta bajo el pretexto de unos zapatos nuevos que destrozaban los pies. Y así fue como ella le sirvió una copa. Y así fue como se abalanzó sobre él poniendo fin a una ardiente pasión contenida. Él apenas se resistió, hirviente después de cientos de miradas y comentarios calculados para cocinarlo a fuego lento. Y ella le hizo gozar con su lengua, que sorprendentemente se movía sobre su pecho y su entrepierna como si fuese un territorio ya conocido, para montarlo después mientras él lamía sus tetas del tamaño de un limón y se dejaba envolver por una extraña sensación de toxicidad. Luis por fin era suyo.

Semanas después hizo las maletas y dejó a Ana, quien descubrió con horror la tragedia que se había mascado a sus espaldas. Luis se marchó a vivir con Mar.

Nadie sabe a ciencia cierta qué sucedió después, aunque posiblemente el trágico error que relata esta canción podría servir para describir lo que Luis sintió al abrir los ojos y ser consciente de que la mujer que había quedado atrás era la única capaz de hacerle feliz. Su corazón quedaría destemplado para siempre, y aunque a lo largo de su vida gozó de cientos de mujeres con avidez de náufrago,  no hallaría jamás una muchacha capaz de devolver el calor a su pecho huérfano.

Leyendo esto reflexiono sobre esas personas que no tienen impedimientos en romper parejas, en hundir relaciones ajenas. Son especialistas en robar novios y novias, maridos y esposas. a veces lo hacen simplemente porque el amor les vence, sin tener en cuenta la desolación que dejan a su paso. ¿Merece la pena romper una pareja si nos enamoramos de uno de sus miembros? ¿Una persona que deja a su pareja en esas circunstancias suele arrepentirse? ¿Se puede empezar una relación inmediatamente después de romper otra a causa de la irrupción de una tercera persona?

¿El amor nos vuelve imbéciles?

Publicado en Verdades universales el noviembre 7, 2011 por nochesdesexofon

Mauricio aseguraba ser alérgico al marisco y al látex. Y si bien era cierto que comer ostras o mejillones le provocaba enrojecimiento y molestos picores, la supuesta alergia al látex no era más que una simple excusa para poder disfrutar de las mujeres sin la barrera de lo artificial. De hecho, Mauricio solía jactarse ante sus amigos de no haber usado jamás un preservativo, ni siquiera en las muchas noches de parranda en las que acabó compartiendo cama con una prostituta.

Alodía lo conoció en las escalinatas de la plaza de España, en uno de esos días de primavera en los que Roma se envuelve en una fragancia de lavanda y café tostado. Alodía visitaba la ciudad junto a un grupo de amigas y él visitaba a unos conocidos. Mauricio se ofreció a tomarles una foto. Alodía accedió, le gustó inmediatamente su rostro de hombre antiguo y la fortaleza de sus brazos de marino. Le gustó el helado de nata y nueces al que la invitó esa tarde, y la pasta al pesto que compartieron en un pequeño restaurante de la vía del Cardello. Pero lo que más le gustó fue descubrir que Mauricio vivía en un pueblo cercano al suyo, apenas a cincuenta kilómetros de distancia. Así fue como Roma alumbró el nacimiento de una relación que se trasladaría al otro lado del océano.

“Si lo tuviese ahora delante de mí lo estrangularía. Cómo pude ser tan ingenua”, me asegura Alodía. “Me creí todas sus mentiras y perdí el respeto por mí misma. Le quería tanto…” , reconoce todavía entre lágrimas.

La primera vez en que ambos se encontraron desnudos en la cama él le confesó su alergia al látex. Alodía, que en aquel momento finalizaba sus estudios en medicina, se negó a dejarse penetrar sin protección. Fue capaz de mantener esa negativa durante un puñado de semanas, hasta que una noche de diciembre le permitió entrar sin preservativo, entregándose a la imprevisible marcha atrás y olvidando las leyes elementales de seguridad sexual que sus profesores le habían enseñado durante las clases de higiene básico.

“Durante mes y medio lo hicimos casi a diario sólo de esta forma… la carne es débil”, me confiesa bajando la mirada.

Alodía pronto optó por la píldora anticonceptiva, a pesar de que sus severos problemas de hígado desaconsejaban recurrir a este sistema químico. Pero lo importante era poder disfrutar plenamente con su novio y ofrecerle el placer que merecía. “Era un tipo con un ego tan fuerte que acabó relegando el mío al de una especie de sirvienta, incapaz de ver sus cosas negativas”, explica con cierta vergüenza.

Una noche él le confesó que su alergia al látex no era más que una excusa para evitar usar el preservativo. Incluso le relató sus encuentros fugaces con prostitutas y su afición por penetrarlas groseramente, sin cuidarse de enfermedades o infecciones. Alodía le perdonó su mentira, el riesgo a contagios, la química con la que inundaba su cuerpo para darle placer y todas los demás embustes que llegarían a lo largo de los dos años que compartió a su lado. ”Le perdonaba como una autómata, sin comprender que así me hacía daño a mí misma”, lamenta.

“Por supuesto tras varios sacrificios más por mi parte un día me dejó por otra, por la misma con la que ya me había engañado en otras ocasiones, mientras yo lo esperaba en su cama, paciente como una imbécil. Por supuesto no reconoció que me dejaba por otra. Ya sabes: “La culpa es tuya, no eres la misma de la que me enamoré. Se acabó el amor”", recuerda Alodía, quien hoy a duras penas ha conseguido superar aquella historia en la que ella jugó el papel de enamorada sin amor propio y él la del adorado con ego desmedido.

Esta historia me hace pensar… ¿El amor nos hace perder el amor propio? ¿Llegamos a aceptar cualquier cosa por amor? ¿No somos capaces de ver que nos engañan o se aprovechan de nosotros? ¿Qué tiene el amor para cegarnos tanto? … En todo caso, siempre he pensado que gana el que más ama, aunque aparentemente sea el que sufre. Amar es un privilegio.

¿Sugieres algún tema?

Publicado en Uncategorized el noviembre 2, 2011 por nochesdesexofon

Como he escrito en diferentes ocasiones, os agradeceré cualquier propuesta que pueda servirme para armar una historia. Todos tenemos experiencias que trasladar a las nochesdesexofon.

Podéis proponer en el blog o hacerlo a la dirección de correo nochesdesexofon@hotmail.com

Será un placer leeros

¿El sexo rompe la amistad?

Publicado en Maneras de vivir el octubre 31, 2011 por nochesdesexofon

Somos amigos desde hace mucho tiempo. Estudiamos juntos en el liceo, donde durante varios años compartimos pupitre y un goteo de confesiones. Fue entonces cuando comencé a cultivar un sentimiento ardiente por Alba. Ese sentimiento se autoconsumió en algún momento, no puedo precisar cuando, aunque la amistad se mantiene intacta a pesar de que vivimos separados por miles de kilómetros, un océano, varios mares y un rosario de países.

También seguimos siendo amigos aunque nos hemos acostado en muchas ocasiones a lo largo de nuestra vida, realmente siempre que hemos tenido oportunidad, como si nuestra relación pudiese detenerse en el tiempo para permitirnos volver a ser por unos instantes dos adolescentes consumidos por un deseo febril. Después cada uno ha regresado siempre a su propia vida con la confirmación de que nos une un cariño incondicional.

Recuerdo nuestra primera vez porque se desarrolló con una pasión de fuegos artificiales. Fue una noche de verano, en una calle oscura, bajo un calor sofocante que hacía brillar nuestros rostros. Compartíamos un cigarrillo en silencio y, de repente, comenzamos a besarnos con la naturalidad que da el haber deseado algo durante muchos años. No nos dijimos nada y simplemente nos agarramos de la mano para caminar por las aceras vacías, en busca de un lugar en el que poder arrancarnos la ropa y probar al fin el sabor oculto de la amistad.

Nos refugiamos en una azotea, entre la suave fragancia a lavanda de las sábanas tendidas, bajo las estrellas y el zumbido de los aparatos de aire acondicionado. Allí descubrí a otra Alba, quien me sorprendió con un arte de cortesana que ha ido ha ido mejorando a lo largo de su vida, como he podido comprobar en otras muchas otras ocasiones.

Me lamió con un meticulosidad de orfebre, hasta llegar a los rincones que jamás nadie antes había explorado antes, mientras yo me dejaba caer sobre un colchón improvisado con sábanas ajenas, gozando de su lengua y sus dedos entre mis piernas. 

Yo la embestí con toda el deseo contenido durante las clases de filosofía, matemáticas, ciencia y literatura que compartimos durante el liceo. Alba me recibió con la gratitud de una amiga, entre sollozos y aullidos que me hicieron descubrir en ella la criatura asilvestrada que guardaba sólo para sus amantes.

Fue una gran noche que hemos reinventado siempre que ha sido posible, aprovechando las escasas ocasiones en que nuestras vidas nos permiten coincidir. Hemos disfrutado de instantes de pasión en lavabos de aeropuertos, casamientos de amigos comunes, fiestas de antiguos alumnos o portales iluminados por luces navideñas. Nuestra pasión antigua nunca se ha perdido, y jamás hemos pensado que sea algo incompatible con la vida que cada uno ha elegido.

Hoy puedo decir que somos grandes amigos. Contamos uno con el otro y mantenemos una fantástica relación. Creo que incluso el sexo ha mejorado nuestra relación y la ha situado en ese limbo de complicidad que sólo da el compartir cama sin la esclavitud del amor.

Pero igual podría haber sido de otra forma. El sexo podría haber acabado con nuestra amistad y habernos alejado, ya que en ocasiones revolcarse viene acompañado de sentimientos, reproches y exigencias que arrasan los vínculos y distancian a las personas.

 De hecho, me pregunto si el sexo puede acabar con la amistad. En mi caso no ha sido así, pero estoy seguro de que hay ejemplos capaces de argumentar lo contrario. ¿Dos amigos dejan de serlo por irse a la cama? ¿No es perfecto tener una amistad para compartir las sábanas de vez en cuando? ¿No es una pena desperdiciar a una amiga o amigo con quien también se puede pasar un buen rato de sexo?

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