Bebe un Casablanca vodka con dos cubitos de hielo. El pianista toca una canción de desamor y un hombrecillo de aspecto oriental ofrece rosas a los clientes. Isabel baja la mirada y observa el interior del vaso. “Tenían que ser dos cubitos de hielo… maldita sea”, se dice a si misma con sorna. “Dos, dos, dos”, piensa mientras golpea ligeramente la barra con sus uñas de nácar. Dos, como también son dos los hombres que ahora aturden a su corazón. “¿Qué debo hacer? ¿Con cuál de los dos debo estar?”, se pregunta con una mueca de fastidio. Apura su copa y aparta el vaso con un movimiento brusco. “Un Ruso negro, por favor -pide al camarero-, pero ésta vez con un sólo hielo”.
Isabel ha estado con Luis desde hace cuatro años. Le amó como nunca había amado antes, o al menos eso pensaba hasta hace unas semanas, cuando sucedió algo que ha hecho tambalear la estructura de su vida: tuvo un idilio con un viejo amigo, algo que jamás debería de haber sucedido… Pero lo peor no es eso, lo peor es que se ha enamorado de él… O eso cree sentir. Ahora no sabe qué hacer. Siente el deseo de abandonar definitivamente a Luis, pero al mismo tiempo presiente que hacerlo significará cometer un trágico error.
“Sin duda tu relación con Luis fallaba en algún punto, carecía de algo que es precisamente lo que ha precipitado los acontecimientos”, le asegura su mejor amiga. Isabel piensa en sus palabras mientras enciende un cigarrillo. Forma el rostro de Luis con el humo y le observa detenidamente. Recuerda como lo conoció, como se enamoró de él con la naturalidad de una colegiala. Los momentos felices juntos pasan frente a ella como un tren de mercancías. Sí, claro que le quiere, pero desde que le traicionó es incapaz de mirarle a los ojos y de decirle cuánto le ama.
“Nunca debería haber sucedido”, se recrimina una y otra vez. “Pasé demasiado tiempo con él”, lamenta. Isabel se refiere a Mauricio,hasta ahora un simple amigo que, sin embargo, ha irrumpido en su vida tan inesperadamente como una tormenta de verano.
Ella tuvo que pasar unos días en su ciudad, donde precisamente sólo conoce a Mauricio. Se alojó en su casa durante cinco días. Luego vinieron las fiestas, el alcohol, las confesiones y los anhelos. “Le conté demasiado sobre mis propios problemas”, se culpa Isabel.
¿Qué sucedió? Es tan complejo como fácil de explicar. Sumemos circunstancias: Isabel y Luis están separados durante unos días. Una pequeña crisis entre ambos, algo normal en cualquier pareja, precede esa separación. Una discusión telefónica inoportuna. Varias noches a solas con Mauricio. Ella le confiesa que Luis tiene a veces una visión del mundo alejada a lo que ella realmente anhela, aunque jamás lo han hablado. Isabel y Mauricio comparten varias botellas de vino. Isabel le revela que desearía tener un hijo, pero jamás se lo ha propuesto a Luis porque está segura de que éste no querrá. De hecho, Isabel le confiesa cuánto querría tener un hijo y asentar su vida, aunque Luis parece poco interesado en esa posibilidad. Luis nada sabe de esto.
La propia Isabel duda de cómo continuar este relato. Esa noche en la que bebieron vino a solas, Isabel acababa de discutir con Luis. Confesó a Mauricio su deseo de ser un día madre, algo que nunca antes había revelado a nadie, ni siquiera a su propio novio. Mauricio escuchaba y jugaba sus cartas. Realmente siempre la deseo, del mismo modo avaricioso con que un jugador desea ganar toda timba de póker. “Isabel, calla y escúchame -le dijo mirándola a los ojos-. Yo sí desearía tener un hijo contigo”.
A veces una simple frase puede reventar nuestros sentimientos como una carga explosiva. Eso fue lo que le sucedió a Isabel cuando escuchó las palabras de Mauricio. Sus entrañas se agitaron y un calor repentino la invadió desde lo más profundo de su estómago. Esa noche durmieron juntos, y ella se dejó penetrar por él, mientras un sentimiento de culpa, placer y extraña familiaridad la devoraban
Esa misma noche Isabel susurró un “te quiero” dirigido a Mauricio. Un “te quiero” especial, dirigido al hombre al que en aquellos instantes turbios consideraba como el futuro padre de sus hijos. Al mismo tiempo, el recuerdo de su amado Luis se contaminaba del veneno de Mauricio.
Desde esa misma noche se mostró huidiza con Luis. No volvió a casa con él, sino que se refugió en el apartamento de sus padres. Durante varias semanas apenas si le respondió al teléfono y no le permitió visitarla. Inicialmente tampoco se encontró con Mauricio, sino que decidió mantenerse alejada por un periodo para evitar los reproches de sus padres y madurar sus sentimientos. Sin embargo con Mauricio si mantuvo contacto, un intenso contacto a través de Internet y de conversaciones telefónicas ardientes, en las que ella le confesaba inflamada su deseo de ser la madre de sus hijos.
Semanas después Isabel está hecha un lío. La pasión por Mauricio se ha apagado después de numerosos encuentros, aunque reconoce que le quiere. Al mismo tiempo extraña y sigue amando a Luis, siente haber perdido al que aún considera como un novio ideal y la persona más cercana de su vida. Piensa en sus dos hombres mientras bebe un trago de su Ruso negro. “Ojala nunca hubiese tenido que dormir en casa de Mauricio. Ojala nunca hubiésemos intimado tanto. Ojala no me hubiese enamorado de él. Ojala todo fuese como antes de ese error. Ojala no amase a dos hombres al mismo tiempo”.
Pensaba en el caso de Isabel mientras escuchaba esta canción, muy apropiada para este relato. Pensaba y me preguntaba: ¿se pueden amar a dos personas a la vez? ¿Confundimos a veces amor con un simple “calentón”? ¿Y si el amor es un sentimiento que antes o después se acaba y que necesita renovarse constantemente con nuevas personas?




