¿Señora, puta y cocinera?

Posted in Maneras de vivir on febrero 4, 2015 by nochesdesexofon

Muchos hombres rechazan la idea de tener como pareja a una mujer a la que le guste salir a divertirse, beber y follar. “Esas muchachas sólo sirven para una noche”, me explica Horacio, que más bien suena como las instrucciones de un enjuague bucal: escúpase después de mantenerlo treinta segundos en la boca. “La mujer con la que uno se pone de novio o se casa tiene que ser señora en la calle, puta en la cama y ama de casa en la cocina”, afirma con un tono de tengo razón porque yo lo digo.

Así es Horacio, un manojo de pensamientos retrógrados que deforman a la mujer hasta convertirla en un ser previsible, en una repetición de escenas ausente de la magia de lo inesperado, en una puesta de sol vista desde la ventana de la oficina, sin épica. ¿O quizá tiene razón y esas palabras son resultado de siglos de evolución humana y hoy podrían ser muy útiles para evitar rupturas y divorcios? A pesar de esa duda razonable, escucho a Horacio y su afirmación me conduce a un camino oscuro a flanqueado por hileras de hombres con antorchas que gritan “Kinder, Küche, Kirche” (“Niños, cocina, Iglesia”). No es nada sexy.Perfect wife

Yo me pregunto si otro Horacio, Horacio Oliveira, se habría enamorado de una mujer así, limitada a tres posibles comportamientos dependiendo de tres únicos escenarios, como enfrentarse con un “menú del día” eterno, sin más pretensiones. Superaría a la inesperada compañía de la Maga? ¿Habría podido Cortázar inspirarse en una señora en la calle, puta en la cama y ama de casa en la cocina para escribir su Rayuela?

Pero la realidad es, y entendamos por eso lo que creemos que de verdad sucede a nuestro alrededor, que muchos hombres saldrían corriendo después de pasar una noche de pasión inesperada con la Maga. Demasiado inesperada. “Esas mujeres son como la peste para una relación, estar con alguien así sería una auténtica pérdida de tiempo, problemas seguro”, insiste mi amigo Horacio, el Horacio de carne y hueso, el que cada día trabaja ocho horas en una oficina del Gobierno local de alguna ciudad de provincias de algún país meridional. “A esas mujeres no se las puede controlar, acaban yéndose con otro, gastando tu dinero o haciéndote cualquier otra putada… Te quitan el sueño”, asegura.

Tengo que agarrar esas palabras con pinzas y meterlas en el cesto de la ropa sucia para ir apagándolas poco a poco, hasta que se hacen pequeñas y desaparecen. Aun así queda una duda flotando en el aire, como un tufillo a aula de liceo o a gimnasio mal ventilado. ¿Será cierto que la mayoría de hombres aspiran a tener una mujer domesticada? ¿Tienen miedo a la mujer independiente y emocionalmente libre? ¿Lo de señora en la calle y puta en la cama sigue conquistando el corazón masculino? ¿Se acaba la épica en el amor más allá de los 30? ¿Qué sería de la Maga hoy en día?.

¿Encontrar el amor en Internet?

Posted in Verdades universales on noviembre 17, 2013 by nochesdesexofon

Tengo la sensación de que en páginas como Badoo o Meetic, por dar dos ejemplos de webs que venden la posibilidad de encontrar el amor, sólo hay náufragos sentimentales y huérfanos de emociones. Muchachas con cicatrices profundas y desesperación infinita, cortejadas por cazadores con el corazón reseco por años de soledad.

Claro que todos ellos quieren, todos queremos, encontrar el amor, pero creo que es un ejercicio de honestidad reconocer que es casi imposible hallarlo frente a la pantalla de un computador. Pueden encontrarse muchas otras cosas, sobre todo personas con desórdenes psicológicos, pero dudo mucho que entre esas cosas esté el amor.

Eso no quiere decir que estas páginas no sean un entretenimiento divertido, como ir al supermercado o pasear por una galería comercial, con fotografías de chicas vestidas con su mejor sonrisa, o muchachos que compiten en mostrar sus atractivos en una geografía en la que suele haber hasta diez veces más usuarios que usuarias. Pan y circo en un auténtico espectáculo de gladiadores.

208193969Pienso en el caso de mi amigo Primitivo Mendoza, de 31 años, divorciado y con un hijo. Se anuncia en una de estas carnicerías digitales con un puñado de fotografías aburridas y una breve descripción en la que olvidó incluir que estuvo casado y es padre. Sueña con encontrar una chica, casarse y tener hijos. Es un auténtico Quijote. Sin embargo, la única persona que ha logrado conocer en esta página después de casi medio año es una mujer de 45 años con la que se ve un par de veces a la semana, siempre a la misma hora y en el mismo lugar.

Él asegura que, a pesar de su edad, la mujer tiene buenas caderas, un culo duro y una carne dulce de adolescente. Dice que cuando comparten cama ella le devora con la hambruna de una quinceañera y goza de su animal como si acabase de descubrir el placer de un hombre entre sus piernas.

Me gusta escuchar a Primitivo y en cierto modo recuerdo aquel libro de Stephen Vicenzy, “En brazos de la mujer madura”. Veo su sonrisa disipada y aprecio que esta mujer le vacíe de preocupaciones… Pero luego le pregunto: ¿Tú no quieres enamorarte y formar una familia? ¿45 años no es un poco mayor para eso? Él encoje los hombros y calla.

Leo los perfiles. Es todo tan aburrido. Descripciones aburridas, palabras vacías en las que aseguran que son especiales, diferentes, sensibles, divertidos, aventureros y únicos. ¡Es imposible que todo el mundo sea especial! Otras veces no hay descripciones, lo cual se agradece como gesto de honestidad heroica.

Creo que los responsables de estas páginas deberían obligar a sus usuarios que confiesen sus traumas y sus cicatrices junto a las fotografías en bañador o las imágenes en el gimnasio. “Hola, me llamo Dolores Salmerón y hace cuatro años dejé a mi novio por otro hombre. Luego descubrí que me había equivocado y ya no pude recuperarlo. Desde entonces vivo amargada y culpable”, por ejemplo. Sería un sano ejercicio de higiene y ayudaría a medir el riesgo que tiene entablar una conversación con esa persona.

También deberían avisarles de que no van a encontrar el amor. Quizá un poco de sexo, puede que buen sexo. Es posible que algo de compañía, incluso una pareja con la que pasar las vacaciones o salir a pasear. Pero no amor. El amor no puede forzarse, el amor no puede surgir en una página de contactos. El amor es algo espontáneo y glorioso que no podemos buscar.

Es mi opinión pero… ¿Me equivoco? ¿Puede encontrarse el amor en Internet? ¿No están en cierto modo locos todos los que buscan el amor en la Red? ¿No es todo una mascarada? ¿No hablamos de amor cuando realmente queremos decir sexo? Sea lo que sea, habrá que seguir intentándolo, incluso en Internet. Como no. Allá vamos.

¿Relación estable o sexo estable?

Posted in Maneras de vivir on junio 15, 2013 by nochesdesexofon

El eterno dilema. Mi abuela, en paz descanse, solía decir que para qué comprar la vaca cuando se puede tener la leche. Auténtica sabiduría popular que cada día siguen millones de seres humanos cuando eligen tener una persona para mantener relaciones sexuales sin necesidad de amor, conversaciones románticas, sueños compartidos o planes de futuro destinados a fracasar.

Follamig@, fuckfriend, amigo con beneficios, alguien sólo para coger, un rollo… Me da igual cómo quieran llamarlo, pero lo cierto es que se trata de un concepto práctico y utilitarista de las relaciones humanas, permite mantener un alto nivel de higiene emocional y tiene efectos saludables porque evita la retención de líquidos en el varón y reduce el estrés cotidiano de la mujer. Debería de ser prescrito por los doctores: “Usted necesita una relación estrictamente sexual. Por favor, absténgase de emociones, sentimientos y, ante todo, evite el amor”.

De una persona así nunca te aburres, no te involucras en sus problemas y tampoco te ves obligado a participar en sus sueños. Estás fuera de la dictadura del “hacerlo todo juntos”, y lo único que compartes es el placer de un sexo de bucaneros. Con una persona así no existe ni pasado ni futuro, tan solo presente.

Friends with benefitsUn ejemplo es mi amiga Sandra. Una buena chica. Tiene los labios gruesos,  los pechos pequeños, como dos botoncicos que apenas si toman mi atención, y un culazo despampanante con el que estoy descubriendo los placeres del sexo anal. Nunca antes había disfrutado tanto como hasta ahora con la penetración anal y con esos finales barrocos en los que derramo mi leche sobre su cara olvidándome de que sus ojos son alérgicos al semen, y que cualquier mínimo contacto se los enrojece e hincha ostentosamente.

Luego terminamos, hablamos un poco sobre banalidades, comemos algo, bebemos vino y vuelta a empezar. Fácil. Cómodo. Puro placer y hedonismo. Ya le he planteado hacer un trío y ha aceptado. Es una geisha, puro sexo, hecha para dar y recibir placer y, lo más importante, nunca conoceré a sus padres.

Confieso que en un principio cometí algunos errores durante el proceso de ubicarla en la geografía de mis sentimientos, hasta que descubrí que su lugar se hallaba en los arrabales de mi corazón. Sí, entre esos errores se cuenta haber intentado hacer con ella cosas fuera de la frontera de la cama. Fuimos un par de veces a cenar, a tomar una copa y creo recordar que al cine. Error. Sandra es agradable, pero intelectualmente no me aporta nada más allá de explicaciones sobre las propiedades de los cosméticos o los complejos procesos de cirugía estética. Carece de comentarios vibrantes, no agita mis pensamientos con la vara de sus palabras. Además su libro de cabecera es las Cincuenta sombras de Grey… Básicamente me aburro con ella, cuando andamos fuera paso el rato palpando su ropa interior de encaje o su corsé  por encima del vestido, valorando las distintas formas en que voy a penetrarla. En alguna ocasión hemos acabado teniendo sexo en los servicios de la discoteca o del restaurante, lo cual es contraproducente porque priva de sentido al resto de la velada.

Aunque yo jamás he hecho promesas que no pueda cumplir o he insinuado la existencia de vinculación sentimental, creo que ella, percibo que ella, desea algo más. Intentaré mantener esta situación hasta que sea posible, pero tengo claro que no me adentraré en una relación sin amor. Amor, AMOR, lo complica todo. Pero claro, no se puede vivir sin amor. Tampoco del amor. No se puede perder la razón pero cada día todos deseamos que así suceda.

Estas reflexiones me hacen preguntarme qué es mejor, ¿relación estable o sexo estable? ¿Por qué siempre los follamig@s acaban queriendo algo más? ¿Lo complica todo el amor? ¿Acaba el amor con el sexo o el sexo con el amor? ¿Tiene o ha tenido todo el mundo un amig@ sólo para sexo? ¿Los amigos para sexo son ideales para superar rupturas?

¿Volver con alguien del pasado?

Posted in Maneras de vivir on marzo 23, 2013 by nochesdesexofon

Empezar con una nueva persona parece siempre diferente e impredecible. Pero retomar una antigua relación provoca un sentimiento comparable al de volver a aquel lugar donde solíamos pasar los veranos: una sensación de familiaridad en el vacío que deja el tiempo pasado.

Así se sentía Alicia, intentando recomponer un espacio roto meses atrás con la única esperanza de obtener una respuesta a la pregunta que le había devuelto a las interminables noches de insomnio:  ¿Debía seguir con él después de todo?

Él, Jorge Mario, había sido su gran amor durante varios años, hasta que una mañana de calor tropical desapareció como un vendedor ambulante y, con él, todos sus juramentos infinitos y sus promesas de eternidad. “Ya no te quiero más”, le dejó como única explicación tras cerrar la puerta tras de si. Alicia lo observo antes de perderlo calle abajo, empapado en lágrimas y con el rostro descompuesto. Tampoco fue una decisión fácil para él.

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Alicia nunca llegaría a saber realmente la razón de esa ruptura de cataclismo. Intentó contactarle en las semanas siguientes, pero sólo encontró respuestas de fugitivo y silencios de hospicio. Podía adivinar que Jorge Mario se había enamorado de otra persona, aunque de ser así debía de haber sido un amor de sacudida, como un tazón de café bien cargado a la mañana. Ella se había quedado a la mitad sin él.

Pero medio año después, justo cuando las noches de insomnio y las lágrimas imprecisas habían desaparecido, él regresó.

Volvió con los ojos enrojecidos por el llanto, arrepentido, rogando el perdón. “Me dejé llevar por una pasión de arriero”, acertó a decirle como única explicación. “Todos cometemos errores y yo estoy aquí para demostrarte que te amo y que soy el hombre de tu vida”, añadió con una mirada de huérfano.

Ella le abrió las puertas de su vida, aunque realmente nunca se las había cerrado, y desoyó todas las advertencias de higiene emocional que llegaron de sus personas más cercanas. “Creo que debo darle una oportunidad, verdaderamente todos cometemos errores”, les respondía, al tiempo que intentaba convencerse a si misma de que el puente de sus sentimientos seguía en pie.

En esa noche de su regreso, mientras hacían un amor de náufragos, Alicia se sintió como un polizón en su propia vida, aunque durante su embestida desde atrás, boqueando, ella tendría la visión fugaz de que todo podía llegar a ser como antes. Jorge Mario terminó con un torrente de leche en su boca, y mientras ella tragaba pensó que su sabor era más amargo que de costumbre.

En las semanas siguientes ambos volvieron a su rutina, y su relación recobró el pulso regular de las cosas conocidas. Una existencia sin pretensiones, como la vida en los manglares del trópico, donde la felicidad aparecía a veces como algo tan presente como inalcanzable. “Soy feliz de que perdonases y de que hayas olvidado el pasado”, diría él en muchas ocasiones. Ella se limitaba entonces a dibujar una sonrisa discreta y apartar ligeramente la mirada. Quizá fueron realmente felices o quizá no. Quizá perdieron otra felicidad más grande, la que a veces aguarda tras las decisiones que nunca se tomaron, o quizá no.

Pero la historia de ambos me hace pensar. ¿Es mejor regresar con alguien del pasado o seguir adelante? Una vez alguien me dijo que volver a una antigua relación te priva de sentir todo lo bello que te espera si continúas adelante… ¿Es así? ¿Nos arriesgamos o volvemos a lo conocido? ¿Perdonar permite reconstruir el amor? ¿Se puede reconstruir un amor roto?

¿Estarías con alguien adict@ al sexo?

Posted in Maneras de vivir on enero 31, 2013 by nochesdesexofon

Vivían en un estado de combustión permanente en el que el sexo era el mecanismo que articulaba sus vidas. El deseo podía aparecer en cualquier momento, como un salteador de caminos. Entonces todo daba igual, y Juan y Mariana se convertían en proscritos para lanzarse inconscientes al placer. Durante los años en que estuvieron juntos lo hicieron en cines de versión original, transportes públicos, templos de diferentes religiones, recintos deportivos e incluso durante la celebración del aniversario de boda de los abuelos de Mariana.

Años después, cuando Mariana fue consciente de su adicción al sexo, un especialista llegaría a asegurarle que sufría de ninfomanía. Juan, por su parte, conviviría mejor con su condición de sátiro y, a lo largo de su vida, jamás tuvo reparos en sacar partido a su apetito inabarcable para acostarse a cambio de dinero con todo tipo de mujeres. Pero eso sucedería mucho tiempo después.

Adictos Ninfomanía

Antes, cuando todavía eran seres instintivos, poco importaba si su deseo perpetuo era o no algo reprobable. Se amaban, y su juventud inconsciente se alimentaba de un sexo permanente que parecía no consumirse nunca.

Juan la tomaba varias veces al día, y ella siempre se dejaba hacer mientras boqueaba ansiosa hasta que sentía desparramarse la leche caliente entre sus piernas. Su vagina sufría el rigor del sexo continuo, y en alguna ocasión su ginecólogo llegó a preguntarle si practicaba el sexo en grupo. Ella jamás podría imaginar entonces que aquella pregunta fue una auténtica predicción, aunque eso no sucedería hasta muchos años después.

Otras veces era ella la que se dejaba llevar por un calor inmenso que subía desde sus muslos hasta hacerse con el control de su serenidad. Siendo adulta Mariana recordaría una noche en una discoteca como una de las primeras veces en que se sintió avergonzada por ese deseo de ramera. Sucedió cuando, incapaz de resistir la sensación de vacío entre sus piernas, agarró a Juan de la mano para conducirlo en silencio hasta el lavabo femenino. El deseo era tan febril que a ninguno de los dos les importó que varias chicas les viesen entrar al WC. Allí se besaron como alucinados, mientras Juan levantaba su falda y apartaba sus bragas para poseerla sobre el retrete. Ella se desabrochaba mientras la blusa para manosear a brazadas sus pechos de hembra recia. El calor era asfixiante y pronto provocó una atmósfera de caldera en el lavabo que obligó a varias chicas con problemas de alergia a salir precipitadamente.

Justo cuando ella lamía arrodillada, la puerta se abrió inesperadamente. Allí tres tipos de seguridad vestidos con trajes negros los miraban con reprobación. “Váyanse de aquí”, ordenaron en tono seco. Mariana y Juan se compusieron precipitadamente. Ella escapó avergonzada, mientras tapaba su cara con las manos. El salió con pausa, cabeza alta, manteniendo la mirada perdida y una sonrisa candente. Le preocupaba más no haber eyaculado que el haber sido sorprendido por cuatro monos de discoteca.

Así fue su vida juntos. Un amor intenso y un sexo agreste que les hizo quererse como animales asilvestrados. Probablemente nunca se engañaron, o quizá sí, pero siempre se recordarían con la nostalgia con la que sólo se recuerda a esas personas con las que se comparte la condición de forajido.

Muchos años más tarde, Mariana se encontraría en el asiento de atrás de un coche chupando a un par de chicos de 18 años, mientras otros dos se masturbaban contemplando la escena, y manos desconocían hurgaban en su cuerpo con torpeza de invidente. Su excitación fue tan grande como la miseria con la que regresó a casa. Ese día, después de llorar bajo la ducha durante varias horas, fue consciente de que tenía un problema.

Juan jamás llegaría a ser consciente de eso, y siempre vivió su vida orgulloso de su deseo desmedido y su violento apetito.

La historia de Mariana y Juan me hace reflexionar… ¿la adicción al sexo es un vicio o una enfermedad? ¿Cómo saber si alguien es adicto o, simplemente, le gusta mucho el sexo? ¿Podríamos estar con una persona con un apetito tan voraz como el de Juan y Mariana? ¿Es mejor mucho o poco? Nos quejamos a veces de la falta de sexo pero… ¿es mejor tenerlo en exceso?

¿Por qué tenemos miedo a estar solos?

Posted in Maneras de vivir on septiembre 24, 2012 by nochesdesexofon

“La peor esclavitud es el miedo a estar solo”, dijo en voz bien alta, para que le escucharan todos, cuando conoció que Inés se había rendido de nuevo al amor desangrante de Tomás Guerra. La podía imaginar en ese mismo instante, con sus ojos de verde oliva carcomidos por las lágrimas, apoyando su cabeza de mártir en el mismo hombro que llevaba tres años haciéndola sentir una mezcla de felicidad pasajera y dolor constante.

“¡¿Es que esta chica no se da cuenta de que va  arruinar su vida?!”, exclamó Jorge a la vez que golpeaba enérgicamente la mesa, como solía hacer cuando quería asegurarse de que nadie ignoraba sus palabras. Todos los presentes comprendían la indignación de Jorge, ya que era precisamente con él con quien Inés buscaba consuelo cuando Tomás Guerra la hacía sufrir con alguna de sus barrabasadas.

“No voy a volver nunca más con él, él no es para mí, n me entiende, no me acepta, me hace llorar con nadie lo ha hecho jamás”, le solía confesar Inés cuando reunía las fuerzas suficientes para echar de casa a Tomas Guerra, su novio, su amor, su rosario de desgracias durante los últimos tres años.

Con el tiempo Jorge había desarrollado la habilidad de consolar a Inés de una manera neutral, evitando cualquier comentario injurioso sobre Tomás, ya que sabía que ella siempre acabaría capitulando ante ese amor de taladro que mucho tiempo atrás ya había perforado su dignidad de hembra recia.

“No le amo, no quiero seguir llorando cuando tenga 50 años, tengo que ser valiente y dejarle de una maldita vez”, repetía Inés que, a pesar de tener el cuerpo de poderosa jaca y la belleza luminosa de un campo de trigo, arrastraba un interior devastado por las inclemencias de innumerables complejos y el dolor provocado por los canallas que habían habitado su vida desde la adolescencia.

Y no es que se pudiese decir que Tomás Guerra fuera un verdadero canalla, tan sólo era una especie de egoísta arrogante que desaparecía cuando le venía en gana para perderse durante días en parrandas interminables junto con sus amigotes, a los que agasajaba por encima de las lágrimas y los lamentos de Inés.

Tomás Guerra era un ser asilvestrado acostumbrado a no callar y a tomar aquello que se le antojaba. Así sucedía cuando deseaba gozar de Inés, y la agarraba de su grupa de yegua para subirle la falda, bajarle las bragas y poseerla con su instrumento de proporciones prodigiosas, que la hacía chillar de dolor para sumirla después en una inconsciencia febril.

“Necesito un hombre que me ponga en el primer lugar de su vida, y no en el último, por detrás de sus amigos, el trabajo, el fútbol, el póker de los lunes y el partido de los jueves, las ausencias de fin de semana o el whisky escocés de 12 años”, se lamentaba ella, consciente de su debilidad ante un novio del que habría sido fácil desprenderse definitivamente, ya que era él quien dependía económicamente de ella.

“En el amor hay que compartir”, solía decir Tomás sin esconder un tono burlón. Inés prefería no endulzar la realidad y jamás negó su miedo terrorífico a quedarse sola, a no encontrar un hombre con el que compartir la vida, a no ser jamás madre, a que Tomás fuese el último tren de su vida. “Mejor un mal tren que quedarme para siempre en la estación, sola…”, susurraba cuando se reconciliaba con él después de alguno de sus interminables amagos de dejarle. Inés tiene 29 años.

La historia de Inés me hace pensar en el miedo a estar solos que tenemos la mayoría de nosotros. ¿Por qué? ¿Por qué tememos no poder encontrar a alguien con quien compartir nuestra vida? ¿Es un temor absurdo o real? ¿La mayoría de personas están juntas precisamente por ese miedo a estar solas? Estar solo es también maravilloso… ¿Por qué tanto miedo entonces? ¿Nos quedamos a veces con lo primero que aparece precisamente por miedo a no encontrar nada mejor o a acabar solos?

¿Puede funcionar una relación sin sexo?

Posted in Maneras de vivir on mayo 28, 2012 by nochesdesexofon

La distinguió entre la multitud de la discoteca y su visión le provocó una sensación tibia similar a la que produce el abrazo de un viejo amigo. Ella le devolvió la sonrisa, y entonces él supo que ambos acababan de dar sin darse cuenta el primer paso hacia el territorio virgen del idilio.

Ella, Carolina, era fina y elástica como una ramita de abedul. Con cabellos rubios y ojos grises que apartaba coquetamente cuando él la miraba. Sonreía y pronto también fue consciente de que con su sonrisa había lanzado irremediablemente los dados de su corazón.

Esa noche, él, Eduardo, intentó besarla. Ella apartó la boca y le susurró al oído: “Vas demasiado rápido”.  Luego apoyó la cabeza en su hombro derecho y bailaron una lenta de José José. Ambos se sentían felices como escolares al final de la semana.

Se vieron durante varios días, hasta que él consiguió desarmarla en la oscuridad de una pista de baile para lanzarle un beso de náufrago. Ella lo apretó entre sus brazos con ternura, sintiendo como su corazoncito de desahuciado latía con la misma intensidad con la que también lo hacía el suyo.

Esa misma noche Carolina durmió a su lado, y fue precisamente entre las sábanas color marfil donde Eduardo confesó a Carolina su reciente ruptura con la que hasta poco tiempo antes había sido su novia durante varios años. La sinceridad inquietó a Carolina, que le dijo con zozobra: “Es reciente. Temo que vuelvas con ella si se lo propone”.

“Carolina, ahora necesito cariño para dejar atrás cuanto antes el fantasma de los recuerdos. No tengas miedo, me siento feliz contigo y deseo olvidar y volver a empezar”, respondió él mientras atraía su cuerpo tibio y le dejaba sentir su animal despierto. “No, no… No tendremos sexo hasta que esté segura de que la has olvidado. ¿Qué pasará si ella te pide volver?”, sentenció Carolina.

Y así fue esa noche y también las siguientes en que durmieron juntos. Nada de sexo en ninguna de sus posibles formas, ni siquiera una escueta masturbación de chiquillo de liceo. Ella cerraba sus piernas como si estuviesen soldadas y espetaba una y otra vez que no le dejaría entrar hasta no estar segura de que había dejado atrás el recuerdo de su antigua novia. Eduardo se atoraba entonces los pensamientos entre el calor que le venía desde el estómago y la sensación de ardor que le provocaba sentirla tan lejana, atrapada entre los pliegues de su camisón. “¿Cómo puedo demostrarle que me interesa de forma sincera?”, se preguntaba atormentado.

Las noches se hacían interminables, y cuando ella dormía él se escabullía hasta el baño para masturbarse frenéticamente, como lo hacen los convictos atormentados por el insomnio.

Los abrazos infantiles y la falta de sexo pronto enturbiaron su breve relación y la hicieron espinosa como el tallo de una rosa. Si bien es cierto que ella era dulce con él y que él era atento y complaciente, los largos paseos bajo el sol de primavera solían terminar en discusiones sin ningún motivo. Era evidente que ambos necesitaban devorarse y poner fin a tanta pasión contenida. “Me muero por acostarme contigo, pero ya conoces mis condiciones: no hasta que esté segura de que has olvidado a tu ex”, repetía Carolina con convicción.

Una de esas noches en que durmieron juntos la tortura se hizo tan incandescente que Eduardo no pudo soportar más y se rebeló. Se desnudó y se abrazó a ella, mientras introducía sus manos bajo su camisón hasta alcanzar sus minúsculos pechos y sus pezones, que parecían dos botoncicos. Comenzó así un asedio a su cuerpo que le llevó a insistir con voracidad famélica, al tiempo que los “no, no, no…” de ella se hacían más y más pequeños y lejanos.

La puso sobre él sin despegar su boca de la suya. Lamió los botoncicos de sus pechos, su estómago, sus hombros, a la vez que apartaba con sus dedos las bragas de ella. Estaba mojada como las flores del jardín con el rocío de la mañana, así que no dudó y adentró sin más miramientos su animal, hasta sentir la calidez tibia de sus entrañas y el suave placer que provocan las muchachas ceñidas. Así fue como la poseyó, mientras ella gemía ligeramente y mantenía la mirada ausente, sin inmutarse, sin tocarle, sin buscarle, como un trozo de madera, como dicen que se comportan algunas mujeres orientales, fría, ajena, extraña, foránea.

Eduardo salió a tiempo de llenar su propio vientre con el semen acumulado tras noches de insomnio. Ella sonrió y se marchó a ducharse. No le permitió compartir ducha. Tampoco ese día ni los siguientes accedió a acostarse de nuevo con él. “No, no quiero volver a hacerlo hasta que no esté segura”, repetía. Él se echaba las manos a la cabeza, impotente y desesperado, hastiado de las ausencias de una relación desapasionada.

Días después no escribió el habitual mensaje de buenos días que enviaba cuando no dormían juntos, ni el de media mañana en el que solía preguntar qué tal el trabajo, ni tampoco el de la noche en el que deseaba a Carolina dulces sueños. Ella comprendió y no se molestó en preguntar las razones de su indiferencia. El tiempo pasó y cada uno pasó a ser un recuerdo del fracaso que con los meses fue empequeñeciéndose hasta desaparecer

Así terminó este fugaz romance. Evidentemente la falta de sexo fue la gran causa de ese desenlace…. Esto hace que me pregunte… ¿Se puede comenzar una relación sin sexo? ¿Es posible consolidar un amor sin tocarse, sentirse, penetrarse? ¿Sirve el sexo para conquistar a alguien? ¿Podemos olvidar antiguos amores si nos entregamos al sexo?