¿Existe la inseguridad del ganador?

Manuel hincha el pecho cuando recuerda como él, únicamente él, fue capaz de capaz de conquistar a María, la muchacha más bonita del barrio, a la que todos deseaban y con la que todos soñaban. Todos, incluido Manuel, quien finalmente consiguió hacer suyo ese cuerpo sensual de hembra que hacía perder la razón a los hombres.

María vivía frente al mercado, y era de sobra conocida por todos los habitantes del barrio, que la veían caminar sobre sus tacones altos, vestida con alguna tela ligera y ofreciendo al mundo un atrevido escote que provocaba la censura de las madres y la envidia callada de las hijas. Tras el movimiento de maraca de sus caderas, siempre seguía un coro de silbidos y murmullos, de miradas sucias y de masturbaciones silenciosas.

Así era la María a la que Manuel miraba impotente, hasta que un día se levanto por encima de los deseos contenidos para atraer su atención. María se dejó cortejar y pronto se la vio subida a la moto de él, paseando por las alamedas, con un Manuel orgulloso mientras ella rodeaba con los brazos su cintura, y cerraba los ojos para sentir la brisa de la tarde en su cara.

Aunque María tenía ese cuerpo de yegua encendida, de primavera continua, su carácter era el de una chica normal que, como todas en el barrio, soñaba con encontrar un marido bueno y honesto. Ella no tenía la culpa de que Dios la hubiese castigado con unos senos apetitosos, un culo que presagiaba unos muslos largos y dorados, y unos labios carnosos con los que le gustaba jugar en un coqueteo inconsciente.

Y es que, el cuerpo de María era más una condena que un regalo, ya que hacía que todos la viesen como un pedazo de carne que devorar, y no como esa muchacha que, en su interior, rogaba por un novio que la llevase a pasear los domingos y le regalase flores el día de su cumpleaños.

Es cierto que a menudo se la podía ver flirteando con los tenderos más jóvenes del mercado, dejándose invitar a un helado por el confitero o acompañada por alguno de los vecinos, pero todo eso no eran más que los juegos de una joven inocente que se divertía viendo el desconcierto que causaba en los muchachos su imagen en traje de baño.

Manuel fue el primero y deseaba que fuese el último, el único al que se entregaba cada domingo, aprovechando que sus padres se marchaban al campo y la dejaban sola en casa. Sólo él podía meter su mano debajo de la falda, provocándole una sensación de calor en todo el cuerpo y, sólo a él le hacía eso que tanto le gustaba y que solía terminar con su leche desparramada por esos labios de delirio.

Pero todo cambió cuando se prometieron. Manuel ya no tenía ganas de sacarla a pasear en la moto, ni se comportaba como el rey del barrio cuando los vecinos dejaban sus quehaceres para admirar la belleza de María. Al principio, comprobar que los hombres deseaban a su novia le hacía sentirse importante, aunque ahora, esas mismas miradas le quemaban, le provocaban desazón y un miedo extraño.

Todo era diferente, y Manuel se molestaba si María vestía uno de sus vestidos ligeros, obligándola a abotonarse toda la blusa incluso en los días de más bochorno. Lo que antes era un motivo de orgullo había pasado a ser una pesadilla. Manuel ya no podía soportar que otros hombres deseasen a su prometida y, a veces, incluso soñaba con transformarla en una mujer menos deseable, más fea, sin ese culo y esa forma de andar que ya no despertaban la lujuria de sus pensamientos sino que más le parecían rasgos de puta arrabalera.

“Amor, ¿es que ya no te gusto? ¿Ya no me ves bonita? ¿Por qué quieres cubrirme, acaso no sabes que soy sólo tuya?”, le decía ella cuando los celos provocaban el enfado de Manuel. “Mi vida, yo soy así y me gusta, no te preocupes porque sólo quiero estar contigo”, insistía María, que no comprendía porque Manuel pretendía hacer desaparecer eso mismo que un día le robó el corazón. “Pensé que me aceptaste cuando me conociste, que te gustaba cómo soy…”, lamentaba ella cabizbaja.

Eso mismo hace que me pregunte una cosa: ¿Cambiamos cuando tenemos pareja? ¿Queremos que nuestra pareja deje de ser sexy a pesar de que nos gustan las mujeres o los hombres explosivos? ¿Impedimos a veces que nuestra pareja vista provocativa aunque eso mismo nos encantaba al principio? ¿Somos tan inseguros que, como Manuel, queremos apagar la belleza para que nadie nos robe a esa persona?

9 comentarios to “¿Existe la inseguridad del ganador?”

  1. está muy bien… es una buena reflexión, pero creo quien realmente en un principio le gusta que presumir de pareja explosiva, lo sigue queriendo hacer a lo largo de los años. O almenos me parece lo más lógica, claro. Otra cosa es que luego realmente se de más el caso de la historia… no soy una experta en eso…

  2. Yo tuve un novio muy celoso que de verdad que no me dejaba vestirme como a mí me gustaba.. Y eso que al principio de conocernos le encantaba que fuese sexi. No sé, los hombres son raros a veces. A mí me encanta que mi actual pareja vista atractivo y lo miren otras chicas.🙂

  3. Me ha encantado visitarte y leer tu publicación. Muy interesante, lo cual me has hecho reflexionar sobre tu cuestión.
    Casa caso es un mundo, en el de tu escrito claramente el marido de Maria, consiguió su “Triunfo”, lo colocó en la vitrina y con el tiempo, denota una falta de ilusión, posesión y celos.
    Un saludo, espero seguir recibiendo tus publicaciones, estaré encantada de volver a leerte.

  4. Me ha gustado porque me hace reflexionar sobre que cada uno/a es libre de ser como más le guste y si te conocen siendo de una determinada manera, tienen que seguir aceptándote así si no es que en realidad esa persona no merece estar contigo.
    Un saludo!

  5. Me encanta la manera de expresar lo que es una relación vacía desde el primer instante!!!!. Si unimos nuestras vidas al “trofeo” y no al ser amado estamos empezando chuecos, lo vemos en los primero 5 reglones de tu historia, Manuel no se unió a quien amaba, a quien comprendía y conq uien se comunicaba, ni a quien deseaba cuidar y hacer feliz.
    La vida en pareja no es fácil, traemos historias, heridas, miedos, eso complica mucho…si arrancan sin bases al fracaaso.

    María se sube a su narcisismo también, no ve que no le aman, no ve que la buscan como trofeo, y como trofeo se ofrece…y como trofeo es desechada.

  6. Por supuesto que cambiamos, sí. Cuando nos enamoramos de alguien inevitablemente de alguna manera u otra pasa a ser nuestra propiedad. En algunos casos más que en otros, claro. Pero siempre están por ahí bailando los celos.

    La inseguridad del ganador existe, pero esa sensación jamás procurará felicidad a nadie. Somos seres deficitarios, siempre queremos lo que no tenemos. Y cuando lo tenemos, olvidamos disfrutar del triunfo por miedo al fracaso. Pero de lo que no nos damos cuenta es de que evitando este fracaso lo único que hacemos es evocarlo.

  7. Acabas de describir mis dos ultimas relaciones.la inseguridad del ganador es totalmente cierta.Lo que mas me soprende de esa insiguridad es como consigue terminar con la relación, y como una vez que ese miedo entra en la mete del hombre(por lo menso en mi caso) es imposible de sanar, y se convierte en una tortura de celos, desconfianzas e inseguridades que se transmiten a tu propia persona y te hacen desvalorarte, acabas siendote inferior, buscas respuestas para averiguar dondo esta el problema sin solución… Ojala me hubiesen creido. Me encanta tu blog, espero tu proxima publicación¡

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